A tres años de su desaparición.

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El 1º de julio pasado se recordó el Día del Historiador. Esta fecha fue instaurada en el año 2002 por el Congreso de la Nación en homenaje a escritores, investigadores, profesores y aficionados que se empeñan en reconstruir el pasado. La fecha no es caprichosa y tiene su origen en el año 1812 cuando el Primer Triunvirato ordenó dejar escrito los acontecimientos de la Revolución de Mayo con la finalidad de “perpetuar la memoria de los héroes y las virtudes de los hijos de América del Sud, y a la época gloriosa de nuestra independencia civil”.

 

En La Matanza existieron, existen y existirán muchos hombres y mujeres a los que se los podrá homenajear en ese día. Pero será la figura de Alfonso Corso la que recurrentemente emergerá entre ellas como símbolo de este esforzado oficio. Es por eso que este, el Mes del Historiador, y a pocos días de recordarse un nuevo aniversario de su fallecimiento (1º de agosto de 2007), es un buen momento para mencionar al querido Profesor Corso.

Se desempeñó como periodista en el diario alemán Argentinischen Tageblatt durante casi 40 años. En los resquicios que le abría ese trabajo aprovechó para investigar en distintos centros de documentación histórica de la ciudad de Buenos Aires. Colaboró en varios periódicos locales y publicó libros que dieron el puntapié inicial para la historia matancera.

 

Su amor por La Matanza no lo vamos descubrir ahora, pero como muestra alcanza un botón. Cuando promediaba la década del 60 Corso dedicaba gran parte de sus días a enviar cartas a diferentes personalidades del mundo para que conozcan a este distrito ubicado al oeste de la Capital Federal. Intercambió correspondencia con presidentes, políticos, artistas, reyes y príncipes que hoy son mosaicos en la historia del siglo XX. El Príncipe Rainiero de Mónaco, Charles De Gaulle, Fidel Castro, el egipcio Abdel Nasser y el Mariscal Tito de Yugoslavia fueron algunos de sus interlocutores epistolares. Por entonces ya había enviado más de 1.000 cartas y había recibido cerca de 500 respuestas.

Aquella labor le valió el reconocimiento del diario Crónica que le brindó una doble página en la revista ASI en el mes de junio de 1964. “El hombre que se cartea con presidentes y reyes”, se titulaba la nota en donde se ve a un joven Alfonso Corso visitando la redacción de del diario.

Posteriormente se destacó en tareas que todos conocemos. La divulgación de la historia matancera y el papel que habría jugado este pago en distintos momentos fundacionales de la patria fueron algunas de sus preocupaciones y obsesiones.

 

Una de las últimas voluntades de Corso fue que sus cenizas descansen para siempre en lugares tan disímiles como distantes. Sus hijas, Julia y Caty, fueron las encargadas de cumplir aquel deseo. Distintos rincones de San Justo como el monumento a Almafuerte, a San Martín, a Juan Domingo Perón, a Evita y a los héroes de Malvinas (todos en la plaza San Martin). En otros puntos de la ciudad cabecera, como “el viejo surtidor” en la esquina de Villegas y Entre Ríos, el puesto del banderillero del ferrocarril en Villegas y las vías, y en la Plaza del Periodista también descansan los restos del Profe. Por último, sus familiares también llevaron sus restos a otros tres lugares tal como él lo había pedido: en el complejo Campanópolis de González Catan (en donde hay un pasaje con su nombre), en el Coliseo Romano y en su casa natal de Badia en Italia.

El último puñadito de cenizas fueron a ese lugar que él tanto amaba: su biblioteca. Biblioteca que, libro a libro, fue edificando en el fondo de su casa.

 

Alejandro Enrique

Periodista e Historiador